Edgar Hernández*

Tanto poder, tanto dinero, tanto esfuerzo… ¿Para qué?, se preguntó esa noche.

Hasta hace un par de años, sin la política de por medio, todo era dicha. Su vida simplemente era diferente: maratones por todo el mundo, especialmente el de la “Gran Manzana”; buenas y nutritivas viandas; el amor incondicional de sus hijos y sus nietos y esa fortuna que no tenía fin.

Siempre gustó de la playa, de mar, de los yates, de las casas, de la buena compañía. También de las pláticas sobre política y el anecdotarios de los grandes líderes que construyeron la historia de México y el mundo.

Ese era su universo, su nicho de confort.

El de un ciudadano del mundo que había corrido sus pasados 60 años en una lucha inalcanzable, primero para salir de la pobreza, luego para arañar el poder hasta tocar su techo.

Todo en medio de un torbellino de arrebatos, de pasiones, de lucha cuerpo a cuerpo. Siempre en la obediencia, en la disciplina, el sobajamiento, el mismo que en otro sentido había sufrido cuando niño y adolecente por el bullying, por la dislexia.

Amigo-amigo de Fidel; brother de Roberto; incondicional de Elba, y fiel escudero de Felipe siempre vino de atrás para adelante arrastrando prestigios insanos; méritos reales y logros de alto valía.

Pero como todo en política, un día la suerte se le acabó.

El primer aviso lo tuvo tres lustros atrás cuando dueño del mundo quiso dar el salto a la más alta magistratura, luego de un garantizado triunfo local… que no se dio.

Sus enemigos, que no eran pocos, se le fueron a la yugular. Lo atajaron. En lo oscurito lo traicionaron, mientras sus amigos le robaban su dinero y la superioridad lo apartaba groseramente.

Llorando su derrota migró con sus hijos adolescentes a la ciudad. Se fue para reconstruirse,  recomenzar de nuevo guardando en lo más recóndito de su ser los resabios, corajes y anhelos de venganza.

Así, la edificó, ladrillo por ladrillo, varilla por varilla, mezcla tras mezcla hasta que la construcción quedó tan sólida que le permitió subir de nuevo por la escalera del poder… y del dinero.

A la vuelta de los años, ya de regreso en la tierra que lo vio nacer, el de recia personalidad, mecha corta y gran tribuno, le apostó de nuevo. Todo su capital lo metió a la lotería hasta sacar al gordo, obteniendo el premio mayor.

La vida en azul se volvió rosa.

Imparable. Dueño de vidas y destinos se dijo para sí mismo “¡De aquí soy y de esta no me bajo!” La había buscado, peleado y ganado tras la cual la quiso retener para siempre en una sucesión de poder de padre a hijos, a nietos y lo que siguiera hasta el infinito.

Sin embargo algo pasó ese día.

A las 11:30 de esta mañana una noticia distrajo su altísima responsabilidad. Los resultados de salida de electoral trasmitidos desde México le eran adversos a su cachorro, al arrogante heredero.

En la desesperada se asomó al balcón del principado para encontrarse con que el pueblo, su pueblo corría desaforado a las urnas dándole la espalda.

“¡No puede ser!, se dijo al espejo.

La realidad, sin embargo, asomaba de nuevo a su feudo. Ya para las seis de la tarde un pálido intento de mover los números chocó con la tajante disposición de México de respetar la voluntad de pueblo ¡No se puede alterar el mandato ciudadano!

Gritos, amenazas, advertencias, manotazos, de todo intentó. Nada pudo hacer cuando la voz oficial pasadas las once de la noche adelantaba el triunfo opositor.

El solitario de Palacio no pudo más. Se desvaneció al lado de la llamada por Luis Velázquez, la “silla embrujada”.

Doctores, ambulancias, medicamentos, atención urgente y… ¡fin de la historia!.. Cuando los pueblos dicen a medianoche que es de día, hay que empezar a prender las farolas.

Tiempo al tiempo.

 

*Premio Nacional de Periodismo