Gabriel García-Márquez

Sorpresivo fue el resultado de las elecciones en Costa Rica, país que ha sido ejemplo en materia de democracia, donde el pasado 4 de febrero resultaron ganadores los candidatos que iniciaron la campaña en último lugar de preferencias. Fueron 13 los candidatos participantes, muchos para un país con menos de 5 millones de habitantes.

El predicador evangélico, Fabricio Alvarado (25.2%) del Partido Restauración Nacional, obtuvo la más alta votación de la contienda y se disputará en una segunda vuelta en abril la presidencia de esta república centroamericana, contra el exministro Carlos Alvarado (21.1%) del Partido Acción Ciudadana.

La bandera inicial de la campaña fue acabar con la corrupción, hubo propuestas sobre los principales problemas del país, el combate al déficit fiscal, abatir la inseguridad, pero luego pasaron a segundo plano y fueron sustituidas por el tema que predominó en adelante y fue factor de decisión en el triunfo, la postura homofóbica y de rechazo al matrimonio homosexual, como reacción inmediata a la aprobación de los matrimonios igualitarios publicada por la Corte Interamericana de Derechos Humanos. Fabricio Alvarado se comprometió a combatir el criterio de la Corte e incluso a retirar a Costa Rica de este organismo internacional.

Muy rezagados quedaron los candidatos de los partidos antes dominantes: Liberación Nacional y Unidad Social Cristiana. Quedaron tan mal que de seguir así las cosas podrían hasta desaparecer del ambiente electoral, donde ha prevalecido más el dominio de la emoción que el de la razón. Las ideas y las propuestas de los candidatos perdieron importancia. Ahora habrá que esperar el resultado de la segunda vuelta.

En Costa Rica los electores rechazaron el continuismo y optaron por el cambio. Esto es lo que podría suceder en México si los candidatos de los partidos no logran convencer a los votantes y algún independiente podría dar la sorpresa el próximo 1º de julio.

RAMÍREZ NAZARIEGA A LA JUNTA DE GOBIERNO

El contador público Enrique Ramírez Nazariega rindió protesta como nuevo miembro de la Junta de Gobierno de la Universidad Veracruzana. En diciembre pasado fue nombrado por el Consejo Universitario General, por lo que este viernes asumió el cargo en un acto protocolario en la Ciudad de México. Enrique Ramírez es un reconocido catedrático, que fungió como vicerrector de la UV en la región Coatzacoalcos-Minatitlán, donde se desempeñó de manera ejemplar, siendo considerado como uno de los mejores vicerrectores de la Universidad Veracruzana. Ramírez Nazariega ha sido también secretario y director de la facultad de contaduría pública de la UV, presidente del Colegio de Contadores del Sur de Veracruz y además de ser doctor en administración pública, tiene una maestría en impuestos y una especialidad en administración fiscal. Sin duda alguna es una merecida designación que pondrá en alto el nombre de Coatzacoalcos.

¿POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS?

Este viernes una mujer que acababa de cobrar el seguro de gastos funerarios por el reciente fallecimiento de su esposo, fue alcanzada por las balas de una banda de delincuentes que la atacaron en el interior de Banorte. Estos desalmados le dieron dos balazos a la mujer que horas después perdió la vida en el hospital donde fue atendida. La víctima tuvo la mala suerte de estar ahí en el momento equivocado. No se vale, en verdad que no se vale. En el pasado cuando la banca era del gobierno, las sucursales bancarias estaban vigiladas por elementos de la policía bancaria, que cuidaban de los cuentahabientes; sin embargo, luego de regresar a manos de la iniciativa privada, los bancos se han quedado solos y los usuarios desprotegidos, corriendo riesgos que bien pudieran evitarse volviendo a ser vigilados por la policía, aun a costa de los banqueros que siguen sangrando a los cuentahabientes mediante altas tasas de interés y onerosas comisiones.

Decía John Donne en su obra Devociones “La muerte de cada se me empequeñece porque soy parte de la humanidad; no preguntes por quién doblan las campanas, están doblando por ti”. Esta frase también es atribuida al gran escritor y periodista Ernest Hemingway; pero en realidad no importa quién sea el verdadero autor, lo importante es el significado tan profundo del dolor que nos causa la muerte injusta de nuestros semejantes y el riesgo que corremos todos por igual en estos tiempos en que la violencia se ha apoderado de todo.